may 27, 2011

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El camino de la Vida

Al principio veía a Dios como mi observador, mi juez, llevando cuenta de todas las cosas que yo hacía mal, para saber si me merecía el cielo o el infierno cuando muriera. Estaba allí como una especie de presidente.

camino de la vida-01

(Foto: Heberto Velásquez V.)

Pero después cuando encontré a Cristo, parecía como si la vida fuera más bien como montar en bicicleta, pero era una bicicleta para dos personas, y noté que Cristo estaba atrás ayudándome a pedalear.

No sé exactamente cuándo él sugirió que cambiemos de lugares, pero la vida no ha sido la misma desde entonces. Cuando yo tenía el control, sabía el caminio. Era más bien aburrida, pero predecible… Era la distancia más corta entre dos puntos.

Pero cuando él tomó el timón, Él conocía deliciososo caminos largos, subiendo montañas, y por lugares escabrosos a velocidades vertiginosas, ¡que todo lo que yo podía hacer era aferrarme! Aunque parecía locura, Él decía: “¡Pedalea!”

Yo estaba preocupado y con ansia y pregunté: “¿A dónde me llevas?” Él se rió y no contestó, y empecé a aprender a confiar.

Me olvidé de mi vida aburrida y entré en una aventura; y cuando yo decía: “Tengo miedo,” él se inclinaba hacia atrás y me tocaba la mano.

Me llevó a las personas con talentos que necesitaba, dones de sanidad, aceptación y gozo. Ellos me dieron los dones para llevar en mi viaje, el de mi Señor y mío.

Y partimos de nuevo. Él dijo: “Regala esos dones; son equipaje extra, demasiado peso.” Así que lo hice, a las personas que encontrábamos, y hallé que al dar yo recibía, y con todo la carga era ligera.

No confiaba en él, al principio, con el control de mi vida. Pensaba que él la arruinaría; pero Él conoce los secretos de la bicicleta, sabe cómo dar la vuelta en esas curvas cerradas, sabe cómo saltar para esquivar las piedras, sebe cómo pasar volando para acortar pasajes que asustan.

Y estoy aprendiendo a cerrar la boca y pedalear en los lugares más extraños, y estoy empezando a disfrutar del paisaje y la brisa fresca en mi cara con mi constante compañero que deleita, Jesucristo.

Y cuando estoy seguro de que ya no puedo hacer más, Él simplemente sonríe y dice: “Pedalea”.